miércoles, 3 de enero de 2018

POESÍA ERES TÚ


Me gusta escribir poesía porque a veces hay una revelación en la palabra, un enigma que me anonada y me supera. ¿Qué quise decir en tal texto?, ¿qué es este sentimiento que emana de la metáfora?, ¿por qué esa imagen, precisamente esa imagen vino a mi cabeza, de dónde surgió? Muchas veces no lo sé, pero es seguro que me deja intranquilo.
Los buenos poemas dejan a la razón temblando y al alma o a la parte sensible de nosotros en una exaltación que a veces nos eleva pero otras nos arroja a un abismo inmisericorde; cualquier poema de Elizabeth Bishop me deja así, por ejemplo estos versos: “The apparitions are manifest,/ their bodies weigh less than light,/ lasting as long as this phrase lasts” (Son manifiestas las apariciones, pesan menos sus cuerpos que la luz, duran tanto como la anchura de esta frase). La traición poética es mía, pero también mía es esa duración de su luz, de esa aparición que tiene una forma y un peso que no comprendo, pero siento en mi interior toda la anchura de su carne.
La buena poesía debe de dejar esa sensación de no saber qué se siente o dejarnos intranquilos, incómodos porque no somos dueños de una sola respuesta, es sentir que estamos dominados por un cuerpo extraviado, que es el nuestro. “¿Tú sabes a lo que sabes?”, escribió Alfonso Reyes; y es un verso que parte de lo intelectual hacia lo sensorial y después, ¿baja hacia dónde?, ¿a qué regiones de nuestro ser?, porque el sabor no sólo entra por la lengua y el olfato, el sabor también se mira y se escucha y siempre es el otro quien gusta de nosotros con todos sus sentidos, a veces también con su razón.
La poesía sí, está más cerca de una revelación, pero no divina, sí trascendente, pero lo es sólo para nosotros, porque es un conocimiento indescifrable de uno mismo que vamos paladeando, que no se puede obtener por medio del psicoanálisis o de un examen de conciencia, es esa sabiduría del instante, es el relámpago y el rayo que nos muestra el sendero de nuestra oscuridad, nunca su fin ni su principio, es ese momento en que sentimos la escoriación de nuestro infierno interior o de esa súbita alegría que nos jala hacia dónde.
Somos el centro de la divinidad, porque en nosotros nacen sus milagros y sus maldiciones, no hay dios fuera de mí, porque éste necesita comunicarse conmigo, crear una armonía en este cuerpo sordo y ciego. Si yo no creo, no existe un más allá, si no imagino no hay dios posible, no hay una horma para estos sentimientos que piden su suicidio diario.
La poesía logra mostrarme una anchura del mundo, de mi mundo que desconocía y que quizá se crea sólo para mí. Soy la aparición en ese milagro que es la voz del poeta, soy su fantasma, el invitado que no se espera y llega siempre, la forma de la palabra.

No hay temblor más profundo que aquel que no tiene un centro, no hay temor más grande que lo desconocido, como el amor, la muerte o la alegría, porque ésta última también nos hiere. La poesía es ese temblor y ese temor, somos su centro y su movimiento, ese espejo que a veces refleja un rostro, a veces ninguno y otras un pez ahogándose fuera del agua.